El Camino de las Sombras (Las Cronicas de Dragonlance)

Tras estos terribles acontecimientos, decidimos regresar a  Wayreth, pero la estupidez de mis amigos hizo que de nuevo el Orador tuviese de que quejarse, encarcelando así a Zrack y dejando vigilados a los demás. No había tiempo que perder, por tanto conseguí embelesar al orador una vez más con mi canción y fue así como desencarcele a Zrack. Tan solo nosotros tuvimos permiso para ir a llevar la llave a la cámara secreta donde serían guardadas y mantenidas lejos de todo mortal. No obstante, en el corto trayecto que habia entre la torre y la sala, yo le conté mi secreto al enano – aún sigo sin comprender muy bien por qué…Al principio, se mostró reacio, pero por motivos que sigo sin entender, al final decidió unirse a mi causa. Tras ser asaltados por unos trasgos, regresamos a la torre. Allí, bellaca y vilmente convencí a Par-Salian de que unos trasgos nos habían robado la llave, intentando hacerle sentir culpable ya que solo me permitió ir acompañada del enano.

Nuestro plan incluyo convencerle de que los rufianes se disponían a llevar la llave a Palanthas… ¿y por qué Palanthas? Pues porque en sus afueras moraba el bosque impenetrable al cual debía dirigirme…Y en sus cercanías aparecimos la compañía entera por generosidad del archimago. Ahora bien, si el bosque era impenetrable ¿cómo lo atravesaría una simple elfa? Pero, por supuesto, yo no soy una simple elfa. Yo Soy Barda. Y con una pícara sonrisa de satisfacción, nos encaminamos a la plaza del pueblo para poder montar mi espectáculo habitual…A pesar de ser acosada por Kenders y de la resignación de mis compañeros, recuerdo llegar a la plaza y prepararme para encandilar a la audiencia. No obstante, aquella fue la primera vez que sin saber cómo mi lira llego a mi mano y mi boca pronuncio palabras que no eran las mías, y sin embargo lo parecían. De repente, el cielo se oscureció y el pánico se instaló en los corazones de los allí presentes. Sin previo aviso, me encontré ante el ayudante del señor del Pasado y del Presente, y la llave fue entregada a su dueño.

Una vez más fui transportada de vuelta a donde se encontraban mis compañeros. Utilizando mis dotes teatrales conseguí convencer a todos – salvo Zrack – de que había desaparecido y no recordaba nada. Y como habían mandado los magos, en Palanthas nos embarcamos junto con Ambar Peloardiente (kender de raza, profesión y atuendo) con rumbo hacia el Segundo Mar. Nos dirijamos pues al mar del odio sobre la Extensa Arena. Curiosamente, el punto de desembarque fue Nuevo Puerto – el cual seguía enfermo, y me temo que aún sigue. Allí tomamos el camino principal y dejamos atrás los bellos bosques de Krynn. Las siguientes semanas serian completamente horribles. Recuerdo vagar por las llanuras y los desiertos del sur sin ton ni son. Aquellas tierras estaban desoladas, el calor era simplemente aberrante. Algunos de los miembros de nuestra partida sufrieron gravemente a causa de tal páramo. Tras mucho caminar, en la distancia creimos distinguir una alta torre negra. De la nada aparecieron dos hombres mitad leones, que se aproximaban a nosotros. Tras explicarles que éramos viajeros y buscábamos un lugar (habitado a ser posible) en el que pasar unos días, nos guiaron hacia la extraña ciudad en la que nuestro destino se retorcería nuevamente…Pues como ilusos ilusionados que éramos, avanzábamos sin saberlo por las tierras de Nuitari…

La oscura torre que se alzaba sobre la ciudad era el único signo de grandeza que la ciudad podía ofrecer. Por las calles abundaban los mendigos. Destartaladas casas eran refugio para los que realmente eran mendigos con más suerte. Por fin el mago reconoció el poder de la magia en la ciudad y mi presentimiento se hizo más fuerte, pues descubrimos que en aquella torre estaba la adoradora, y maga, más ferviente de Nuitari. Ladonna era su nombre. Nuestro querido mago quiso tener unas palabras con ella, indicándola los deseos de Par-Salian y ella, “gustosa”, nos ofreció como compañero a un nuevo aprendiz. Si: aquella fue la segunda vez que Dalamar (el ayudante del hombre de mis sueños) y yo nos chocamos frente a frente. Ambos sabíamos que no debíamos hablar con el otro así que, engatusando a los demás, hicimos creerles que nos ayudaría a buscar la segunda llave, la cual tenía la certeza de que se encontraba en aquel lugar.

Informe a Zrack de la situación y mi propósito. Creo que tal vez por aquel entonces le considerase el único de mis compañeros al que llamar “amigo”. Nos adentramos en los túneles de la ciudad donde nos encontramos con algo relativamente curioso. En el suelo, una mano cortada. A su lado yacía una lira vieja, desvencijada y sin cuerdas, y junto a ella, manchada de sangre una canción…La canción de un guerrero y su valía…The Song of the Emerald Sword…La espada ya era conocida nuestra, pues se encontraba entre nosotros y se podía sentir su fervor. El caballero la guardaba con resquemor, y pronto entenderíamos el por qué. Sin embargo, lo que sucedió a continuación está borroso en mi mente pues algo me golpeó la cabeza. Por lo que entendí después de mi pequeño incidente, al parecer un túnica negra que era el guardián de la llave, nos arremetió con destreza y con la intención de a matar al hijo de su rival: Dreyfus. Cuando quise cobrar consciencia propiamente dicha, descubrí ya no había ni Dalamar ni túnica negra. Tan solo quedaban los restos de la pelea en al cual habíamos resultado victoriosos…o eso creíamos. Pues nuestro amigo Belthar, fue víctima de un encantamiento y su estado paso de ser humano a ser…Etéreo. Nada más que una sombra entre las sombras, aunque dotada de magia…

Eventualmente conseguimos a duras penas salir de aquel intricado laberinto de túneles. El mago deseaba visitar de nuevo a Ladonna y explicarla lo sucedido, mientras que Zrack decidió asentarse sobre las losas de una de las calles en las cercanías de la torre. Por tanto, sin la presencia del enano, nos encaminamos hacia la torre para que Belthar obtuviese información de algún tipo…Sin saber yo que era el quien tenía la llave. Como el elfo tardaba mucho en regresar – y no me fiaba de lo que podía ocurrir – decidí burlar a los golems de arena que guardaban la sala en la que estaban reunidos valiéndome de una túnica negra como disfraz, y así entre yo misma a buscar a Belthar. Nada más pasar el umbral de la puerta, vislumbre un pequeño resplandor. Después no hubo nada. Ladonna me invito a aproximarme a su trono, y me empezó a atosigarme con preguntas frías, y sarcasmo que hería mi ego, sugiriendo mi falta de competencia:

-Bien aprendiz, la conversación ya ha terminado así que puede retirarse.

-De aprendiz nada, querida – dije harta de su voz arrogante, quitándome la túnica negra- ¡Yo Soy Barda!

Le pedí por todos los medios que liberase a mí sorprendentemente recién encarcelado compañero, pues era necesario para la misión que Par-Salian nos había asignado – al menos a algunos de nosotros. Ella contestó, siempre tan arrogante, que ella servía a un poder superior – Nuitari – y que él así lo deseaba. Era evidente que era deseo suyo y no de ninguna deidad. Tras advertirme que, si quería ver a mi amigo fuera de los barrotes, le trajese algo que ella quisiera, (por supuesto, comprendí que se refería a la llave), me expulsó de sus salas. En mi opinión, Ladonna había cometió un fallo – en realidad 2 – cuestionar el poder de aquel a quien servía y, por consiguiente…

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