Trasfondo: Lyssa Appelberg – Warhammer Fantasy (2009)

Aquí os dejo hoy el trasfondo de mi mercenaria de una partida de Warhammer Fantasy que jugué con unos amigos de Santander en 2009. Espero que lo disfrutéis.

Acaba de amanecer. Hace aproximadamente un par de horas caí exhausta de mi montura: Tyr-non, era una buena yegua, muy lista, es lógico que buscase por su bien y no por el mío. Sobre todo sabiendo que todo esto es culpa mía: ella en ningún momento quiso aventurarse en esta locura…Por tanto aquí me encuentro magullada, perdida en el bosque de Drakwald, intentando no desmayarme a causa de la falta de alimento y bebida. Será mejor que repose unos instantes antes de ponerme de nuevo en pie, creo haber distinguido un claro no muy lejos de aquí. Mientras tanto, tal vez convendría presentarme.

Mi nombre es Lyssa, Lyssa Appelberg, aunque el apellido ahora no importe. Soy originaria de Nuln, y fue allí donde me crié, en la humilde casa de mi humilde familia. Mi padre era cazador y mi madre, además de encargarse de las tareas del hogar y los niños, cuidaba y criaba pollos que después vendíamos en el mercado. Mi hermano mayor, Elrik, me sacaba cinco años. Fue él quien me enseñó todo lo necesariamente útil para sobrevivir en un mundo tan inhumano como el nuestro. Elrik solía ir de caza con nuestro padre, era bueno con el arco. También ayudaba a mamá, especialmente se encargaba de mí. De veras juro que es el mejor hermano que se podría tener. Por desgracia, siendo yo pequeña, a penas contaría con diez años, padre murió a causa de una terrible enfermedad que ningún médico supo diagnosticar. Fue lo peor que podría habernos pasado, pero por suerte estaba Elrik. Tendría por aquel entonces quince años. Le prometió a nuestra madre que no dejaría que nos hundiésemos en la miseria y por ello, aprovechando sus dotes como arquero, se alistó en el ejército, a cambio de un salario miserable e indigno del cual vivíamos.

En esas horribles circunstancias mi pobre madre comenzó a perder la vista y el oído gradualmente, así que en ausencia de mi hermano, tuve que ayudarla en las labores, hasta el punto en que su salud era tan delicada que con apenas doce años me encarga personalmente de la casa, los pollos y el puesto del mercado. Gracias a ello aprendí a valorar hasta el último chelín y mis gotas de sudor más que cualquier otra cosa. Cuando Elrik venía a casa solía ayudarme, pues no consentía que toda esa responsabilidad y trabajo cayesen sobre mi espalda. Mis padres siempre creyeron que era una muchacha muy activa y Elrik canalizó mi potencia por medio del combate y las armas. De ese modo, a los dieciséis años las dagas me parecían un juego de bebés, las espadas algo familiar y las hachas empezaban a resultarme más que interesantes. Nunca fui muy diestra con el arco, pero en su lugar aprendí a cargar y apuntar con ballesta que, a pesar de ser más pesada, me era mucho más cómoda. Y con eso pensé que podría labrarme un futuro, hasta aquel fatídico día. A todos los hombres jóvenes de los regimientos de Nuln se les trasladó a Altdorf, y a medida que la situación empeoraba se les fue acercando hacia la frontera: las hordas del Caos amenazaban la estabilidad del Imperio.

No pudimos tan siquiera despedirnos. Con estas noticias mi madre creía morir, y por lo que dijo el sanador, poco debía faltarle. Permanecí a su lado hasta que se decidió trasladarla a la ciudad, donde velaban por ella a todas horas. En el que sería su lecho de muerte, me hizo prometerla que haría de mí una mujer fuerte y hábil, que siguiese mi propia senda con paso firme y seguro. También me pidió que buscase a mi hermano, y pudiese abrazarle por las dos, aunque fuera por última vez. Y así lo hice. A primera hora de la mañana de ese mismo día partí con una caravana hacia Altdorf. Una vez allí lo primero que hice fue buscar por todas partes a mi querido hermano lo que, además de corroborar mi sospecha de que no era ya aquel su paradero, hizo que me metiese en algún lío. Fue precisamente en las cercanías de una posada de un barrio marginal, donde tuvo lugar la trifulca que en parte sería mi salvación.

Un par de individuos de dudosa moralidad y humanidad creyeron que mis inocentes diecisiete les resultasen, definitivamente interesantes. Pero no contaban con el fantástico y maravilloso par de cuchillos que había cogido antes de emprender mi viaje. El resultado fue que los dos trúhanes acabaron con unos bonitos grabados en los brazos, pequeñas heridas en las piernas y algún que otro tajado en la cara. En estas un hombre algo borracho dio conmigo a la salida de la taberna, justo para ver el estado de aquel par y su patética huida. Dijo que le parecía increíble que una muchacha de mis años y características físicas les hubiese dado lo suyo. También añadió que le recordaba a alguien…Tras él, salió su escudero. Mediaron unas palabras y decidieron que lo mejor sería que me fuese con ellos. Les seguí hasta un caserón bastante grande en el extrarradio de la ciudad. A la luz del fuego, el sujeto se me reveló como Albert Van Dich, sargento retirado del Imperio, curiosamente conocido de mi querido Elrik.

Me contó las peripecias de mi hermano mayor y así supe que hacía un año escaso le habían destinado a Middenheim. De inmediato quise poner rumbo a la gran ciudad, pero no me fue posible. Albert creyó que aunque lo había hecho bastante bien hasta el momento, yo aún era joven para aventurarme sola en tan larga travesía sin la formación apropiada. Así que de ese modo, durante dos años y medio me hospede en su casa, con su familia, mientras él en persona continuaba la labor de mi hermano y mi adiestramiento con las armas. Como me parecía impropio abusar de la hospitalidad del veterano, y teniendo siempre presente la promesa que le hice a mi madre, comencé a trabajar como mercenaria, en pequeñas misiones no muy lejos de la ciudad. Tras haber ahorrado algo de dinero y mejorado con creces mis habilidades para la lucha, me despedí de mi casero y maestro. Me pidió que tuviese cuidado y que diese con mi hermano fuera como fuera. Antes de irme, insistió en que me llevase a una de sus jóvenes yeguas: Tyr-non. Y así nos pusimos en marcha las dos juntas.

Tras lo que me parecieron siglos de viaje, innumerables noches sin dormir y algún que otro enfrentamiento por el camino, llegué a Middenheim. Pero era tarde. Aquel año se había librado la Tormenta del Caos: una fatídica guerra de la cual apenas quedan supervivientes, en la que se vieron involucradas múltiples facciones del viejo mundo, entre otras y especialmente mi pueblo y los despiadados seguidores del Caos. Era prácticamente evidente que mi hermano no era uno de los supervivientes. Le busqué y pregunté por él en todas partes y todo fueron negativas y pésames. Entre sollozos y lágrimas, le pedí a un sanador del ultimo hospital al que entre que escribiese una carta a las instalaciones sanitarias de Nuln donde se hallaba mi madre, con el objetivo de informarla de mis andanzas y el resultado. Mientras escribían por mí, yo continuaba llorando y mirando a través de una de las ventanas de aquella habitación que apestaba a enfermedad. Entonces un lisiado medio moribundo me preguntó por qué lloraba. Yo se lo expliqué y me pidió que le dijese el nombre de mi hermano.

            -Elrik…Elrik Appelberg se llamaba…

            -Oh, por Sigmar…Acércate por lo que más quieras.

Corrí apresuradamente al camastro del soldado desvalido y en voz muy, muy baja, de forma que solo yo pudiera escucharle, me contó lo que vio, tirado en el suelo como estaba en el campo de batalla. Al parecer mi buen hermano defendió su posición hasta el último momento. Cuando parecía que ya todo había terminado, uno de esos engendros salió de debajo del suelo. En un despiste de los pocos que permanecían en pie, la aberración intentó alimentarse de alguno de los cadáveres de sus compatriotas. Mi hermano no pudo soportar tal infamia y arremetió contra él. Desafortunadamente, el mal bicho se dio a la fuga y Elrik lo persiguió. Cuando creyó perderlo de vista, un grupo de esos mismos seres le cogió desprevenido por el camino y se lo llevaron casi a rastras.

            -Lo siento de veras…-dijo el hombre-…

No pudo decir más. No pude soportar aquello y me fui corriendo. Todo aquello era una sarta de mentiras. Yo sabía que mi hermano estaba vivo y no había sido secuestrado por las huestes del Caos, era imposible. Y había algo en la voz y en la mirada de aquel individuo que no me agradaba lo más mínimo…Y ese olor putrefacto…Completamente airada como iba, tropecé con una banda por la calle, pase por entremedias de un par de ellos sin prestarles la más mínima importancia. No obstante, la tenía. Eran muchos y con muy malas pulgas. Pero aquel no era un buen día para molestarme. Primero me empujaron y golpearon…Después me tocó a mí…Supongo que mis actos enfurecieron al resto de la manada. Doce contra uno, era algo que mi humilde persona no podía permitirse…Así que corrí, como si se me fuese la vida en ello. Llegué con la lengua afuera hasta donde se encontraba mi yegua, monte en ella y me propuse salir de la ciudad pero no sería tan fácil como había planeado: la pandilla de rufianes me perseguía. Dejé la ciudad para casi inmediatamente penetrar en este bosque. Me siguieron hasta que la espesura y su estupidez les hicieron imposible el continuar, aproximadamente al tiempo que yo caía del caballo y este seguía su camino.

Y esa mi historia. Tal vez al llegar al claro, con más relajación pueda decidir qué hacer a continuación…

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